– Oh, lo… lo siento, señorita, lo siento mucho.

La vio bajar y volverse, rígida, con un rostro tan encendido como un amanecer de verano.

– ¿Le ha dicho alguien que es usted un dolor brutal, infernal en el trasero?

Le arrebató la bota, volcó un balde esmaltado y se sentó sobre él para calzarse. Antes de que pudiese hacerlo, el hombre se la quitó de la mano y se apoyó sobre una rodilla para hacer los honores.

– Permítame, señorita. Y para responder a su pregunta sí, mi madre, mi abuela, mi novia y mis maestras. Al parecer, toda mi vida he tenido la virtud de irritar a las mujeres, aunque nunca he sabido por qué. Nunca he hecho algo como esto, ¿y usted?

Sostuvo la bota en posición.

Emily sintió que todo su cuerpo se sonrojaba, desde los pies sucios hasta la gorra del hermano. Le quitó la bota y se la calzó ella misma.

Sonriente, sin dejar de observarla, Jeffcoat respondió, a destiempo:

– Avena, por favor, y albérguelos adentro y cepíllelos, también. ¿Tengo que pagar por adelantado?

– ¡He dicho que estamos completos! -Se levantó de un salto, lo eludió con un giro cargado de rabia y subió al altillo-. ¡Vaya a resolver su asunto en cualquier otro lado!

El hombre miró hacia arriba, pero no vio otra cosa que vigas y motas de polvo.

– Lo siento, señora. En verdad lo lamento.

Un montón de heno le aterrizó en la cabeza. Se dobló hacia adelante, resoplando y estornudando.

– ¡Eh, mire lo que hace! -Oyó las pistolas que golpeaban en lo alto y el arrastrar de las botas por el suelo del desván. Apareció otra horquilla con heno y retrocedió, al tiempo que gritaba-: ¿Puedo dejar los caballos o no?

– ¡No!

– ¡Pero este es el único establo del pueblo!

– ¡He dicho que no hay más lugar!

– ¡No es cierto!

– ¡Sí, lo es!

– Si es por el pie descalzo, ya le he dicho que lo lamento. Y ahora, baje aquí, así podré pagarle.



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