La silla estaba inclinada sobre sus ruedas, y el barniz se había saltado en el respaldo y los brazos. Contra la pared norte se desplomaba un sofá metálico con los resortes al aire, cubierto por una colchoneta de confección casera hecha de arpillera rellena, encima de la cual estaba tendida una manta de retazos de diversos colores, sobre la que dormía un gato de color miel. A la derecha de la puerta, una pequeña estufa panzona. De las paredes colgaba un sinfín de rarezas: trampas para castores, un programa de teatro, tarjetas de medicamentos, un anuncio del espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill Cody, una colección de llaves de colleras de yugo, el programa del verano anterior del club profesional de béisbol de Philadelphia, un antiguo reloj de péndulo que marcaba lentamente las horas. La habitación olía a salsa de cebollas, linimento aromático, cereal y cáñamo. Este último provenía tal vez de una fila de bolsas de arpillera apoyadas contra la pared, a la izquierda de la puerta.

– Es comprensible que mi hija sea un poco susceptible cuando se la critica en relación con los caballos -comentó Walcott, sentándose y haciendo rodar la silla hacia el escritorio. Chocó con alguna irregularidad del suelo como una carreta sin resortes andando sobre un camino helado-. Ha estado con ellos toda su vida e intercambia correspondencia con un hombre de Cleveland llamado Barnum, que le enseña medicina veterinaria.

– ¿Una muchacha… médica veterinaria?

– Aquí hay muchos animales. Le resultará muy útil.

– ¿O sea que está estudiando por correspondencia? -preguntó, maravillado.

– Así es -confirmó Walcott, mientras tomaba una libreta de recibos y una pluma-. Ahora, llega con bastante regularidad, cinco veces por semana, casi todas las semanas, a caballo. Aquí tiene.



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