
Giró en la silla y entregó a Jeffcoat un recibo por dos bayos con manchas blancas y una carreta de caja doble verde, bordeada de rojo. Walcott era un hombre prevenido: con los registros que llevaba, jamás lo acusarían de robar un caballo.
– ¿Le molestaría si le pregunto qué está haciendo en el pueblo, señor Jeffcoat?
Mientras guardaba el recibo en el bolsillo, respondió:
– En absoluto. Un hombre llamado J. D. Loucks puso un anuncio en el periódico de Springfield referido a este pueblo, y a lo que podía ofrecer a un hombre joven y emprendedor. Me pareció un sitio en el que me agradaría vivir, de modo que tomé el tren a Rock Springs, me aprovisioné allí e hice el resto del trayecto en carreta, y aquí estoy.
– Y aquí está, ¿para hacer qué?
– Pienso establecer un negocio y mi hogar aquí, en cuanto compre algo de tierra para hacerlo.
– Bueno -rió con suavidad el hombre mayor-. J. D. Loucks estará más que feliz de venderle cuantos terrenos quiera y en el pueblo hace falta más gente joven. ¿Cuál es su campo de trabajo?
Jeffcoat vaciló un instante antes de responder:
– Me dedico a la herrería. Me enseñó mi padre, en Springfield.
– ¿En Missouri o Illinois?
– Missouri.
– Missouri, ¿eh? Eso significa que debe de haber herrado muchos caballos que atravesaron este territorio de camino al Oregon Trail, ¿no es cierto?
– Sí, señor, así es.
– En este pueblo ya hay herrero, ¿sabe?
– Eso he visto. Anduve por las calles antes de detenerme aquí.
Edwin se levantó y abrió la marcha hacia la yunta, que aún esperaba afuera.
– Le diré algo que no es secreto para nadie en Sheridan. El viejo Pinnick podría hacer más y mejores trabajos. Pero pasa más tiempo en el Mint Saloon que en la forja, y si hubiese herrado bien a Sergeant, para empezar, no tendríamos que estar curándolo ahora.
