– Con que Pinnick, ¿eh?

– Así se llama su competidor: Walter Pinnick. Es demasiado perezoso para colocar un cartel sobre la herrería y anunciarse. Se limita a dejar que el ruido del martillo atraiga a los clientes… cuando suena. -Afuera, en el sol, Walcott se interrumpió para escuchar y, por supuesto, el martilleo de antes había cesado-. El viejo Pinnick debe de haber tenido un ataque de sequedad en la garganta -concluyó en tono sarcástico, prosiguiendo luego hacia la yunta de animales.

Jeffcoat reflexionó un momento y llegó a la conclusión de que era mejor ser franco con ese hombre.

– Señor, quiero ser sincero con usted. Yo también he estado con caballos toda mi vida y pienso hacer algo más que herrar. Para decirle la verdad, tengo intenciones de abrir un establo para alojar caballos.

Walcott se detuvo con la mano en una brida y se volvió para mirar al joven. Dio la impresión de que el aire quedaba atrapado en su garganta y luego salía en un suave silbido.

– Bueno… -dijo, dejando caer la barbilla. Pensó un instante y luego alzó la vista riendo-. Me ha pillado por sorpresa, joven.

– Por lo que he visto y leído, creo que hay negocio suficiente para los dos en este pueblo. Pasan montones de vaqueros de Texas llevando rebaños o empezando con sus pequeños ranchos en la vecindad, ¿no es cierto? Y ahora que se otorga tierra para establecer colonos, están llegando inmigrantes también. Un valle como este tiene que atraerlos. Diablos, tiene más de ciento cincuenta kilómetros de ancho, por no hablar de la tierra apta para la cría de ovejas en las colinas que lo rodean. Creo que Loucks tiene razón. Pronto, este pueblo se convertirá en un centro comercial.

De nuevo, Walcott rió con amargura.

– Bueno, esperemos que así sea. Hasta ahora, el centro comercial de la zona parece ser Buffalo, pero estamos creciendo. -Se volvió hacia los caballos-. ¿Piensa dejar la carreta también?

– Si puedo…

– La pondré atrás, junto a la fosa de herraduras. Por la carga que lleva, parece que piensa construir de inmediato.



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