
– En cuanto compre ese solar.
– Hallará la oficina de Loucks en la calle Smith. Pregunte a cualquiera y le indicarán.
– Gracias, señor Walcott.
– Llámame Edwin. Es un pueblo pequeño y solemos llamarnos por el nombre.
Jeffcoat le tendió la mano, aliviado de que hubiese reaccionado con calma ante las noticias.
– Gracias por su ayuda, Edwin, y puede llamarme Tom.
– De acuerdo, Tom. No sé si desearle buena suerte o no.
Al separarse, rieron, y Jeffcoat, sacando una bolsa de la carreta, alzó una mano en señal de saludo y le informó:
– Los caballos se llaman Liza y Rex.
Mientras veía alejarse a Tom Jeffcoat, Edwin sintió una fugaz punzada de envidia. Joven, no mayor de veinticinco años y aventurero, volando lejos, con toda la vida y las elecciones por delante en un territorio en el que la gente joven tenía garantizado el derecho de elegir por sí misma. Cuando él tenía esa edad, las cosas eran muy distintas. En aquella época, el futuro de un hombre con frecuencia estaba determinado por padres severos y autoritarios que planeaban su vida con la mejor de las intenciones, pero sin consultarlo. Lo planeaban todo, desde el modo en que se ganaría la vida hasta la mujer con quien se casaría, y Edwin había sido un hijo respetuoso y obediente. Se hizo palafrenero como su padre y se casó con la señorita Josephine Borley, con la que seguía respetuosamente casado. Pero había alguien a quien nunca había olvidado.
Aunque sucedió veintidós años atrás, todavía pensaba en ella. Fannie. Con sus ojos brillantes y su espíritu valeroso. Fannie, la prima de Josephine, tan diferente de ella como las brasas del carbón. Fannie, que en lugar de preguntar por qué, siempre preguntaba por qué no. Que a los diecisiete años luchó por el sufragio femenino, montó a horcajadas y fumó a escondidas con él y luego le exigió: "Bésame y dime si tengo sabor a humo".
