Fannie, de la que había huido en cuanto se casó, pues quedarse cerca de ella resultaba peligroso. Fannie, que heredó la fortuna de sus padres cuando estos murieron y la empleó para viajar y experimentar cosas que a la mayoría de las mujeres les parecían estrafalarias, hasta impropias. La última carta, escrita en su habitual estilo animado, informaba que había comprado una bicicleta Monarch y se había unido al Club del Ciclismo de Damas de North Shore, que planeaba hacer una salida de cuatro días desde Malden a Gloucester, Massachusetts, pernoctando en el Pavilion y en Essex House, paradas más breves en Marblehead Neck y Nahant, y atracciones tales como un almuerzo al aire libre sobre las rocas de Pigeon Cove y visitas a Rafe's Chasm y Norman's Woe.

Fannie, extravagante Fannie… ¿qué aspecto tendría ahora? ¿Sería feliz? ¿Estaría enamorada? Su vida estaba llena de acontecimientos poco comunes, de actitudes progresistas, liberales, pero nunca tuvo un marido. ¿Por qué? En esos veintidós años, ¿hubo alguien especial? Las cartas jamás mencionaban a ningún hombre, excepto en relación con alguna de sus actividades sociales. Pero Edwin nunca dejó de preguntarse si habría algún hombre en particular y nunca dejaría de hacerlo.

Sabía que era por el recuerdo de Fannie por lo que nunca se opuso a los extravagantes deseos de Emily. Emily era tan parecida a la Fannie que él recordaba que la amaba de modo incondicional y siempre tuvo la secreta esperanza de que fuese como ella: en parte rebelde, en parte hada, pero siempre mujer. Cuando su hija comenzó a merodear el establo y pidió permiso para ayudar con los caballos, Edwin accedió encantado. Cuando arregló un par de pantalones del padre y empezó a usarlos para estar en el cobertizo, no hizo comentarios. Cuando leyó en el periódico el anuncio del doctor Barnum sobre el curso de correspondencia en medicina veterinaria y pidió permiso para inscribirse, lo pagó con todo gusto.



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