Tommy es un Zip. ¿Sabes qué quiero decir? Uno de esos tipos que traían de Sicilia para que se ocupara de los trabajos sucios. El tipo, que parece un campesino salido de la Edad Media, mira a su alrededor y está en Miami Beach. No se lo puede creer. Le dan un arma y le dicen: «A ése, a ese individuo.» Y el Zip se lo carga. ¿Entiendes? Traen a esa clase de tipos a los que les encanta disparar. No tienen antecedentes; a nadie le importa una mierda si le pillan, le condenan y le encierran. Si acaba en el talego, mandas a buscar a otro Zip. El tipo llega de Sicilia, con traje negro, la camisa abotonada hasta el cuello, sin corbata y con una gorra en la cabeza. Así era Tommy Bucks diez, doce años atrás cuando se llamaba Tomasino Bitonti.

– Así que esperas que haya cambiado algo más que su traje -comentó Torres, mirando a Harry-. No pareces muy preocupado.

– Siempre puedo dejar la ciudad -replicó Harry.

– Eres un tío con cojones -dijo Torres, con una sonrisa-. Lo reconozco.

Harry se encogió de hombros. Al menos lo intentaba.

2

Para Harry, Tommy Bucks siempre sería el Zip: un tipo que trajeron para matar a alguien, que se quedó, aprendió inglés y a vestir bien, pero que no por ello dejaba de ser la persona que era al llegar aquí.

Podía aparecer en cualquier momento, o quizá le esperaba en alguna parte. Harry, convencido de ello, pensaba: «Si te hubieses largado cuando tenías sesenta y cinco…»

Alguien había escogido esa edad como la mejor para retirarte de lo que estuvieras haciendo y Harry ahora creía que podía ser verdad. A los cuarenta ya no eres el de antes, tus piernas no son lo que solían, y veinticinco años más tarde todo empieza a fallarte. Algo que nunca había tenido en cuenta hasta que le metieron aquel tubo por la arteria, desde la entrepierna hasta el corazón, y le dijeron que debía cambiar sus hábitos. Si se hubiese largado inmediatamente después de aquello, el año pasado…



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