Planeas algo durante cuarenta y siete años y de pronto no te queda tiempo. Tenía que hacerlo ahora, en este momento, o quizá ya nunca tuviera la oportunidad.

Sacó la pistola del estante del armario, la limpió, la desmontó, la volvió a montar sin dificultad y la cargó. Harry sopesó el arma: un kilo y medio de metal; se la metió en la cintura de los pantalones y caminó por la habitación para acostumbrarse a ella. Llamó a Joyce.

– Tengo que hablar contigo.

– ¿Qué pasa?

– ¿No puedes venir?

– Dentro de una hora. Me acabo de lavar la cabeza.

– Tengo que hablar contigo ahora.

– Entonces ven tú.

Tuvo que pensarlo.

– ¿Harry?

– Está bien. Espérame.

– Harry, ¿qué pasa?

Colgó.


Era un paseo de menos de quince minutos hasta el apartamento de Joyce en Meridian, a cinco manzanas de la playa. Sin embargo, esta noche Harry pensó que debía ir en coche, en lugar de caminar por esas calles. Tenía el coche en un aparcamiento de la Trece, detrás del hotel; debería hacer algo con su Eldorado del 84 antes de marcharse. ¿Cedérselo a Joyce? No le iba tan mal como modelo de catálogos, pero era un trabajo de temporada y entre sesiones tenía que trabajar de camarera. En un catálogo aparecía como una joven ama de casa en prendas deportivas; en otro, como una frívola en ropa interior transparente, liguero, y con el pelo rizado. Harry abría los catálogos pensando: «A ver, ¿a cuál de todas estas modelos te tirarías?» Le dijo a Joyce, en broma, que adivinara a cuál escogía nueve de cada diez veces. Se lo dijo pensando que ella diría que él era un encanto, pero lo único que hizo fue mirarle de una manera extraña.

Harry casi siempre salía por la puerta de servicio del hotel que daba al callejón, pues el aparcamiento estaba allí mismo, pero esa noche salió por la puerta principal atravesando las hileras de sillas metálicas hasta alcanzar Ocean Drive, y miró a los dos lados, tomándose su tiempo y observando que había mucha gente en Cardozo para ser un jueves por la noche: todas las mesas de la terraza estaban ocupadas.



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