(Jimmy Cap le había hablado de abrir un café-bar en Della Robbia, donde antes había uno, pero nunca acababa de decidirse. A Harry le daba lo mismo.) Dobló la esquina y caminó rodeando el hotel hasta el aparcamiento, que era pequeño, con dos hileras de coches apretujados, un espacio abierto en el medio, y una farola en el fondo. Harry se detuvo en el callejón, sacó la pistola, corrió el cerrojo y volvió a metérsela en la cintura, quedando oculta bajo su americana. Su coche estaba de este lado, el tercero de la hilera. Se acercó al maletero del Eldorado blanco. El encargado del aparcamiento le había dicho a Harry que le compraría el coche cuando quisiera, pero de noche no estaba.

Él no, pero había alguien. Una figura se acercaba por el espacio abierto entre las hileras de coches. Una silueta oscura venía hacia él. No era el encargado, que era más bien bajito; éste era un tipo alto, de más de un metro ochenta. Harry hubiera querido verle cruzar el aparcamiento hacia Ocean Drive, pero de repente, el desconocido dijo:

– ¿Es ése su coche?

Estaba a unos diez metros.

– ¿Cuál, éste?

– Sí, ¿es suyo?

Harry permaneció junto al Eldorado, al lado del guardabarros trasero de la derecha, mirando por encima del maletero al tipo que se acercaba. Notó el bulto que hacía su pistola contra el estómago y contestó:

– ¿Por qué quiere saber de quién es?

– Quiero estar seguro de que usted es el que busco. -Añadió-: ¿Se llama Harry?

Mientras el tipo hablaba, Harry se dijo a sí mismo que debía sacar la pistola enseguida, viendo que el otro se acercaba de la misma manera que aquel desertor se acercó a él con el fusil. Aquél no había dicho nada.



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