
Éste sí. Dijo:
– ¿Qué está haciendo, mear? ¿Tiene las manos ocupadas? Tengo algo para usted, Harry -añadió, metiendo la mano derecha en la chaqueta-, de parte de Jimmy Cap.
Harry empuñó la pistola con las dos manos y apuntó. Vio que el tipo se detenía y levantaba la mano que no estaba oculta por la chaqueta. Parecía que iba a decir algo y quizá lo hizo, pero con el ruido Harry no le oyó. Disparó tres veces contra él con su pistola de la guerra y vio cómo éste salía despedido hacia atrás, lanzando al aire una escopeta de cañones recortados que chocó contra el maletero de un coche y cayó al suelo.
Harry se acercó para mirar al tipo. Era blanco, cincuentón, con una gorra de mecánico aún en la cabeza, una chaqueta vieja sobre el mono y calzado de trabajo. Un palurdo de los pantanos. Tenía los ojos abiertos y la dentadura postiza le asomaba entre los labios: era lo más limpio de ese tipo a la luz de la farola. Harry no le tocó ni tampoco tocó la escopeta caída en el suelo. Regresó a su apartamento y llamó a Buck Torres a la jefatura de Miami Beach.
No estaba. Harry dijo que era urgente, que el sargento Torres le llamara de inmediato. Mientras esperaba, sintió más ganas que nunca de tomarse una copa, pero se contuvo. Pensó llamar a Joyce pero tampoco lo hizo. Por fin llamó Torres, que no parecía estar de muy buen humor. Harry dijo:
– Acabo de matar a un tipo. ¿Y ahora qué hago?
Hablaron durante unos minutos y Torres le dijo que no se moviera y que no hiciera nada estúpido.
– ¿Como qué?
– Sólo que no hagas nada estúpido.
– ¿Por qué crees que te llamo? ¿Si fuera a cometer una estupidez te habría llamado?
Colgó y llamó a Joyce.
– No -dijo ella-. Tú no… ¿Lo hiciste? Te estás quedando conmigo y no tiene ninguna gracia.
Cuando oyó las sirenas de los coches patrulla, Joyce ya parecía creerle; le preguntó qué pensaba hacer y si podía ayudarle en algo. Harry le contestó que no se preocupara, que no había ningún problema.
