
Él todavía no pensaba en el futuro. Seguía pensando en lo ocurrido y se sentía eufórico por la forma en que había reaccionado y por no haber sido presa del pánico. Se había acordado de coger aire, retenerlo y soltar un poco; había sabido apretar el gatillo, y hacer blanco las tres veces que había disparado. Al pensar en el futuro imaginó a Torres y a otros detectives en el lugar del crimen, asintiendo con la cabeza y comentando entre ellos el modo en que había resuelto la situación. «Tío, no te metas con Harry Arno. Se cargó al tipo antes de que pudiera disparar.» Estudiarían lo ocurrido y después hablarían con él pidiéndole que explicara todo el suceso y quizá que firmase una declaración. También le dirían que no se fuera, por si tuvieran que hacerle más preguntas. Y después, ¿qué?
3
Después de hablar con ellos durante dos horas pasó el resto de la noche en una celda de la comisaría. A la mañana siguiente Harry les dijo a los detectives del departamento de Delitos contra las Personas que costaba lo mismo hacer los huevos como Dios manda, que freírlos hasta que estuvieran tiesos como suelas de zapato. Uno de ellos le contestó que los huevos eran del bar cubano de la esquina, que llamara allí si tenía alguna queja.
Harry no podía creer cómo le estaba tratando esa gente.
Le trasladaron a la cárcel del condado de Dade y le tomaron las huellas. Esa misma tarde, en su primera aparición ante el juez, se declaró inocente, y después se enteró de que le habían acusado de asesinato en segundo grado y de que fijaban su fianza en ciento cincuenta mil dólares. No se lo podía creer. Le dijo a su abogado:
– Comprendo que sólo fuera una audiencia preliminar, pero ¿por qué no mencionó que el tipo tenía una escopeta?
Su abogado, en realidad el hijo del abogado que representaba a Harry cuando tenía problemas legales pero estaba fuera de la ciudad, replicó:
