– ¿Me oíste alguna vez decírselo a alguien más?

– No lo creo -dijo Joyce, que añadió de inmediato-: Si la quieres contar otra vez, fantástico. Es una historia maravillosa.

– No, está bien -contestó Harry.

Estaban en el apartamento de Harry en el Della Robbia, en Ocean Drive, escuchando a Frank Sinatra, a Frank y Nelson Riddle que interpretaban I’ve got you under my skin. Harry hablaba en voz baja, Joyce se mostraba distraída. Harry estaba decidido a contarle lo ocurrido en aquella época en Italia cuarenta y siete años atrás y a preguntarle después -ésta era la decisión que había tomado- si ella querría ir allí con él a finales de enero. En cuanto terminara el torneo de la Super Bowl.

Pero ahora no estaba seguro de querer llevarla.

Porque desde que había conocido a Joyce Patton -Joy, cuando era bailarina en topless- siempre se había preguntado si no podía haber encontrado algo mejor.


Harry Arno ganaba unos seis o siete mil a la semana dirigiendo un negocio de apuestas clandestinas desde tres locales situados en South Miami Beach. Repartía el cincuenta por ciento con un tipo llamado Jimmy Capotorto -Jimmy Cap, Jumbo- que tenía una participación en todo lo que era ilegal en el condado de Dade, excepto la cocaína, y Arno debía pagar los gastos de su bolsillo: los teléfonos, el alquiler, los planilleros y otras minucias. Pero no estaba mal. Harry Arno sisaba de los beneficios otros mil a la semana y llevaba veinte años haciéndolo, desde que tenía como cómplices a gente lo bastante lista como para hacer la vista gorda. Antes de Jumbo Jimmy Cap había un tipo llamado Ed Grossi y antes de Grossi, unos cuarenta años atrás, Harry había trabajado de corredor para el sindicato de apostadores S &G.



2 из 202