La idea original era la de dejar el negocio a los sesenta y cinco, con un poco más de un millón depositado en un banco suizo a través de su sucursal en Bahamas. Pero llegado el momento cambió de opinión y siguió trabajando. Así que se retiraría a los sesenta y seis. Ahora mismo la temporada de fútbol estaba en su apogeo y sus clientes preferían apostar en eso más que en cualquier otro deporte excepto el baloncesto. Ese domingo se embolsaría un par de cientos o quizás hasta unos cuantos miles -tenía algunos jugadores fuertes- y miraría los partidos en la televisión. Así que esperaría hasta después de la Super Bowl, el 26 de enero, para largarse, tres meses más tarde. Qué más daba retirarse a los sesenta y cinco o a los sesenta y seis, de todas maneras nadie sabía su edad. Ni tampoco su nombre verdadero.

Harry Arno se consideraba un tío sofisticado; se mantenía en buen estado físico, no se sentía a punto de cumplir los sesenta y seis y sabía que Vanilla Ice era un tipo blanco; todavía conservaba el cabello, que llevaba peinado con raya a la derecha y se hacía remozar cada dos semanas con unos toques de tinte en la peluquería de Arthur Godfrey Road. De vez en cuando Joyce se apartaba un poco, le miraba y decía: «Tenemos casi la misma estatura, ¿no te parece?» O preguntaba: «¿Cuánto mides? ¿Uno setenta y tres?» Harry le contestaba que tenía la altura del soldado medio americano en la Segunda Guerra Mundial, uno setenta y tres. Ahora quizá medía un poco menos, pero se hallaba en bastante buena forma después de estar a punto de sufrir un infarto, una arteria obturada que abrieron con angioplastia. Todas las mañanas corría casi una hora por el parque Lummus, con el Della Robbia y el resto de los remozados hoteles art déco a un lado, la playa y el océano Atlántico en el otro, y con las calles casi desiertas. La mayoría de los viejos jubilados y las ancianas damas judías con sus pamelas y protectores nasales se habían marchado, y en cuanto a los nuevos habitantes de South Beach, los pijos de Nueva York, los modistos y las modelos, los actores y los gays elegantes, nunca se les veía por la calle antes del mediodía.



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