
No tardaría en llegar el día en que sus apostadores llamarían preguntando: «¿Qué ha pasado con Harry Arno?», y comprenderían que no sabían nada de él.
Desaparecería y comenzaría una nueva vida, una que le estaba esperando. Basta de presiones. Basta de trabajar para gente a la que no respetaba. Quizá se tomaría una copa de vez en cuando. Quizás incluso fumaría un cigarrillo por la tarde mirando la puesta de sol en la bahía. Tendría a Joyce junto a él.
No estaba seguro. Probablemente hubiera mujeres allá adónde iba. Quizá primero iría y tras instalarse, si le apetecía, la llamaría para que fuera a visitarlo.
Estaba preparado. Tenía dos pasaportes con nombres distintos, por si acaso. Veía el campo despejado, sin problemas. Hasta la tarde en que Buck Torres le dijo que estaba metido en un lío. El 29 de octubre delante de Wolfie’s en la avenida Collins.
Wolfie’s era el único restaurante que conocía Harry donde todavía servían gelatina Jell-O. Un amigo suyo del Miami Herald dijo: «Y lo hacen sin inmutarse.» En la carta de bocadillos figuraba un «Harry Arno», que le estaba prohibido comer pues estaba compuesto de pastrami y mozzarella con tomate, cebolla y salsa italiana. Harry podía comer delicatessen e incluso comida cubana si iba con cuidado y no se pasaba con las judías pintas. A lo que no conseguía acostumbrarse era a todos esos restaurantes nuevos que servían tofu y polenta, le ponían salsa al pesto a todo y pasas y almendras al mero, ¡santo cielo!
29 de octubre. Harry recordaría que tomó sopa de verduras, unas cuantas galletas, té helado y el Jell-O de fresa. Después salió a la luz del sol, abrigado con sus calentadores beige de ribetes rojos y calzado con sus Reeboks.
