Allí estaba Buck Torres junto a un coche camuflado, un Caprice azul del 91. Buck Torres había arrestado a Harry unas seis o siete veces; se conocían bastante bien y eran amigos. No socialmente, pues Harry nunca había conocido a la esposa de Buck, pero eran amigos en el sentido de que confiaban el uno en el otro y siempre tenían tiempo para hablar de otras cosas que no fuera lo que hacían para ganarse la vida. Buck Torres nunca le había preguntado a Harry por sus negocios con Jimmy Capotorto, como forma de cazar a este último a través de Harry.

Este 29 de octubre por la tarde era diferente. Harry lo notó.

– Tío, estás más cachas que nunca -dijo Torres-. Sube. Te llevaré a tu casa.

Harry le dijo que tenía su propio coche.

– No pasa nada -afirmó Torres-. Sube, daremos un paseo.

Fueron hacia el sur por Collins y no tardaron en doblar al oeste hacia Washington; aún no había mucho tráfico, en diciembre el atasco sería de cuidado.

El interior del coche olía a tabaco. Harry abrió la ventanilla.

– Me gustaría que echaras una mirada a los papeles que están en el asiento trasero -dijo Buck Torres.

Harry ya lo había hecho.

Un montón de documentos con el título:


solicitud para intervenir

comunicaciones telefónicas


Dirigida al Juzgado del Distrito, División Criminal, del Undécimo Circuito Judicial en y para el condado de Dade, Florida. Debajo estaba el nombre del juez y bajo éste, Harry vio que el texto se hacía personal y se solicitaba la autorización para pinchar los teléfonos de sus tres locales de apuestas, «contratados a nombre de harry jack arno», con su nombre en mayúsculas.

– ¿Y por qué os vais a tomar tanto trabajo? -le preguntó-. Todo el mundo sabe lo que hago.

– Esta vez va en serio -dijo Torres-. Tenemos anotadas todas tus llamadas telefónicas desde el comienzo de la temporada de fútbol. Sabemos qué números te han llamado y a cuáles llamaste tú, las veinticuatro horas del día. Mira la página catorce.



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