– Te creo -afirmó Harry.

– El domingo pasado tus teléfonos recibieron ciento ochenta llamadas mientras estabas en plena faena, justo antes de que comenzaran los partidos.

– Tengo muchos amigos.

– Dilo en el juicio -comentó Torres-. Conseguirás que se rían y te pongan una multa de quinientos dólares. Esta vez es diferente.

Harry seguía mirando los documentos.

– Este juez apuesta en los partidos universitarios a través de un amigo suyo, un abogado -le explicó-. Toda la Conferencia Sudeste. Apuesta siempre a los favoritos: Florida, Florida State y Miami. No le importa cómo van las apuestas.

– Busca la página veintiocho -dijo Torres-. Mira la fecha y la firma.

– ¿Ya me tenéis pinchado?

– Se aprobó hace semanas la intervención de esos tres números, pero no del de tu casa.

– ¿No sabes que grabo todas mis transacciones? Podía haberte dado las cintas y así ahorrarte el gasto.

Torres torció a la derecha en Washington y siguió hacia el norte. Las blancas fachadas de las viviendas parecían cerradas a la luz del sol. Los colores pastel y los carteles luminosos que invadían South Beach todavía no habían llegado hasta aquí.

– Es una operación del FBI -dijo Torres-. Como cada año, organizan un gran alboroto para trincar a Jimmy Cap. Nosotros le seguimos los pasos y ellos presentan los resultados a un juez federal.

– ¿Lo que quieres decir -preguntó Harry-, es que podrían enchironarme con Jimmy, acusado de mafioso?

Vio que Torres le miraba, muy serio, y esto comenzó a preocuparle.

– Al principio se planeó así -contestó Torres-. Te encerrarán a menos que declares, que les ayudes a mandarle a la trena. Le dije al agente encargado de la investigación, «¿Cómo piensas conseguir que Harry Arno se chive? No cruza las fronteras interestatales. La suya es una falta menor». McCormick, el agente a cargo del caso dijo, «Sí, tendría que estar desesperado, ¿no te parece?». Así que se lo pensó y añadió, «Vale, ¿y si ese Arno cree que Jumbo se lo quiere cargar?».



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