Recordó con claridad todo lo que había sucedido y que había dado como resultado esos momentos de suprema felicidad. Claro que después de la operación tuvo dolor… y temor. Este se había convertido en terror al pensar que tanto dolor tenía que significar que la operación no había tenido éxito.

Después, siguió un sentimiento de incredulidad cuando las amables enfermeras la levantaron de la cama tres días más tarde; pasó dos días levantándose y acostándose para acostumbrarse a la idea de que ya había terminado la etapa en que tenía que estar acostada. Entonces comenzó el arduo trabajo del fisioterapeuta. Devon también había trabajado intensamente, aprendiendo a caminar de nuevo, aprendiendo a subir escaleras. ¡Pero la recompensa que había recibido por tanto esfuerzo, fue darse cuenta, con incredulidad y alegría, de que estaba caminando de nuevo! ¡De que en realidad caminaba sin esa terrible y desagradable cojera!

Devon había llorado y recordaba que sus lágrimas también habían hecho llorar a Ingrid, la enfermera que la cuidaba. El doctor Henekssen había vigilado con cuidado sus progresos y fue él quien al fin la dio de alta de la clínica.

– ¿Que puedo irme la semana próxima? -exclamó sin poder creer que la dejaran ir sólo después de siete semanas.

– Si usted viviera en Suecia ya la habría dado de alta antes, indicándole sólo venir a visitarme cada cierto tiempo -le dijo en perfecto inglés-. Pero al no ser así, prefiero hacer yo la última revisión. Creo que la semana próxima la realizaré.

Cuando al fin llegó el día de la última revisión, se sintió muy preocupada cuando el doctor Henekssen le dijo que debería ir a ver a su médico en Inglaterra unas seis semanas después.

– ¡Algo salió mal! -exclamó consternada-. Algo…

– No, no -le dijo enseguida para tranquilizarla.

– Pero usted dijo que ésta sería mi última revisión…



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