
– Debí decir que era su última revisión aquí. Esto es completamente normal e incluso si usted viviera en Estocolmo le diría que viniera a verme dentro de seis semanas. Ya camina sin cojear, ¿no es cierto? -le dijo con tono de burla.
– Sí -tuvo que reconocer y, sintiendo una enorme gratitud hacia él, se disculpó por sus temores. Él la tranquilizó diciéndole que si tenía cuidado no había nada que temer.
– ¿Tener cuidado? -le preguntó y después le juró tener cuidado durante el poco tiempo que él le había indicado. Después de eso, añadió él, podría hacer todo lo que quisiera. Pero durante un corto tiempo debería tener cuidado de no ejercitar o cansar demasiado la cadera. Debería hacer ejercicios, pero no exagerarlos; si tenía el cuidado de descansar con frecuencia y hacer los ejercicios indicados, la visita que le haría al doctor McAllen seis semanas después, no sería más que una pura formalidad.
Se había sentido feliz y decidió no llamar por teléfono a su padre para que la fuera a esperar al aeropuerto, como habían acordado, disfrutando de la sorpresa que le daría al entrar en la casa sin previo aviso, caminando, sin cojear, mostrándole a la nueva Devon Johnston.
Había pasado dos noches en un hotel y le dio tiempo de comprarse el vestido y los zapatos y cuando el taxi se detuvo frente a la casa, pensó que no había una joven más feliz que ella en toda Inglaterra.
Se sentía tan contenta, que no se dio cuenta del hecho de que el taxi se había detenido más allá de su casa, pues frente a ella estaba estacionado un elegante coche.
– Ya llegamos, querida, me da vergüenza cobrarle -le comentó él, mientras colocaba las maletas en la acera.
Ella se rió junto con él y le dio una buena propina. Pronto tendría un trabajo y además, sintiéndose así, ¿qué importancia tenía el dinero? Al ver la propina, él se ofreció a llevarle las maletas y recordando el consejo del médico de tener cuidado, casi se lo permitió, pero después pensó que ya era hora de que hiciera las cosas por sí misma y rechazó su ofrecimiento.
