
Estaba segura de que su padre no la había oído llegar y dudó si tocar el timbre y darle la sorpresa cuando abriera, pero ya estaba oscuro y quería observar la sorpresa en su rostro al verla.
Buscó la llave de la puerta en su bolso y, dejando las maletas en el portal, entró sin hacer ruido. Vio la luz que salía por debajo de la puerta de la sala y se sintió llena de emoción.
Cuando iba a abrir la puerta sonrió con malicia y pensó que debería sorprenderlo. Abrió la puerta de golpe y entró en la sala, dando un salto, gritando: "¡Hola!" Se detuvo al sentir un intenso dolor en la cadera y al perder el equilibrio chocó contra la figura inmóvil frente a ella.
El dolor en la cadera la asustó y se sujetó con fuerza a su padre quien, extrañamente, parecía haber aumentado de estatura durante su ausencia, mientras trataba de dominar el pánico que sentía.
En ese instante la figura de la que se sujetaba se puso en movimiento y la apartó con rudeza. Devon dejó escapar una exclamación, esta vez no de dolor, sino de sorpresa. Ahora se daba cuenta de que el hombre de quien se había sujetado no era su padre.
La sorpresa al darse cuenta de que se trataba del mismo hombre que había visitado la casa, la última noche que permaneció en ella, la dejó aturdida durante varios segundos. Sin embargo eso no sucedió con el hombre, que con tono seco le dijo:
– Ya está de regreso en Inglaterra en donde su padre puede cuidarla… no intente poner en práctica conmigo los trucos de amor libre que aprendió en Estocolmo.
¡Amor libre! ¿Cielos, era eso lo que él pensaba que ella había ido a hacer a Suecia… a hacer lo que quisiera sin que su padre pudiera impedirlo? Sin poder hablar lo miró durante un momento.
Observó cómo sus ojos le recorrían todo el cuerpo, mirando el traje nuevo, los tobillos esbeltos, el rostro pálido. De repente se sintió cansada y, por la mirada y sonrisa cínica que le dirigió Grant Harrington, comprendió cómo había interpretado él, el que llegara cansada de lo que él suponía era la capital mundial del amor libre.
