Furiosa de que alguien pudiera pensar así de ella, Devon le preguntó:

– ¿En don… en dónde está mi padre?

– Me extraña que recuerde que tiene padre. Ha regresado de sus vacaciones una semana antes de lo esperado… ¿No le resultó Suecia lo que esperaba?

Se sentía tan enfadada que olvidó por completo que era el jefe de su padre.

– Nunca sabrá lo que puede hacer Suecia por una joven -le dijo con voz cortante.

– Me lo puedo imaginar bastante bien -de nuevo observó atentamente su vestido y se dio cuenta de que pensaba que, con toda seguridad, algún pobre y tonto sueco se lo había regalado.

Estuvo a punto de replicarle con violencia, pero se controló justo a tiempo, recordando que la única razón posible de que se encontrara allí, era que tenía que tratar con su padre algo relacionado con el trabajo. En ese momento recordó que el hombre más detestable que había tenido la desgracia de conocer era el jefe de su padre.

– Discúlpeme, señor Harring… -comenzó a decirle, pero se detuvo al escuchar pasos.

Se volvió de espaldas a Grant Harrington, observando al hombre que acababa de entrar y que la miraba como si no pudiera creer lo que veían sus ojos. Era su padre… pero, al mismo tiempo, era distinto. El hombre que se había detenido al verla, el hombre que la miraba parpadeando, como si pensara que se trataba de algún espejismo… ¡había envejecido diez años en el poco tiempo que había estado fuera de la ciudad!

– ¡Papá! -gritó.

Como por arte de magia desaparecieron esos diez años adicionales. Fue imposible dejar de observar la alegría que sentía al ver a Devon caminar hacia él, sin la menor señal de cojera.

Se olvidó por completo de la presencia de Grant Harrington. Olvidó que él estaba observando cómo su padre la envolvía en sus brazos y la abrazaba con fuerza, como si hubiera estado lejos un año entero. Charles Johnston, también durante un instante, se olvidó del otro hombre.



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