– ¿Por qué no me avisaste que venías? Hubiera ido al aeropuerto a esperarte -le dijo mientras sus ojos, al igual que los de Devon, brillaban por las lágrimas.

Cuando se iban a abrazar de nuevo los interrumpió una voz cortante.

– ¿Tienes las llaves, Charles?

En ese momento Devon sintió que odiaba a Grant Harrington por haber interrumpido esa reunión feliz. Sin embargo, al apartar la vista de su padre y mirar los rasgos fríos y duros del otro hombre… sintió que el miedo la invadía. Era un temor que no tenía relación alguna con el éxito o el fracaso de la operación, pues de nuevo vio cómo su padre envejecía de repente. Desapareció de sus ojos todo el brillo, mientras se dirigía hacia su jefe y comprendió que algo muy terrible, había sucedido durante su ausencia.

Conteniendo un comentario observó con los ojos muy abiertos, cómo su padre le entregaba las llaves de la oficina; sabía que eran esas llaves por el llavero en que las tenía. Un llavero que ella misma le había regalado en una ocasión, en la cual se había quejado de que las llaves de la oficina se le mezclaban con las de la casa.

Ninguno de los hombres habló. Grant Harrington tomó las llaves sin darle las gracias, mientras Devon trataba de imaginar alguna razón por la cual su padre le devolvía las llaves de su oficina, la llave de la caja de seguridad y otras que siempre tenía bajo su cuidado.

– Estaré en contacto -dijo Grant Harrington con tono cortante y haciendo un gesto que indicaba que ya no tenía nada más de que hablar y que se iba.

– Está bien -contestó Charles Johnston, casi sin voz.

Aturdida, al ver la cabeza orgullosa de su padre inclinada mientras salía de la habitación, se dio cuenta de repente de que él no había seguido a su padre.

– ¿Qué sucede? -le preguntó.



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