Él pareció decidido a ignorar su pregunta, pero ella no estaba dispuesta a permitírselo. Lo tomó del brazo en el momento en que iba a salir.

Él se dio vuelta, mirando con desagrado la mano sobre la manga de la chaqueta de su traje.

– ¿Qué sucede?… -comenzó a decir antes de que la mirada arrogante fija en su mano se la hiciera retirar.

– ¿Está usted fingiendo no saberlo, señorita Johnston? -le contestó con tono cínico.

– Yo no sé…

– ¿No hay nada que su padre no estuviera dispuesto hacer por usted, no es cierto? -interrumpió su negativa y pudo darse cuenta, por el tono de su voz, de que estaba furioso-. Con mis ojos he visto que él adora el suelo que usted pisa. El problema con las mujeres como usted es que siempre alguien tiene que pagar el precio. ¡Ha sido usted, mujer vagabunda, quien ha provocado la vergüenza de su padre!

– ¿Ver… güenza? -exclamó con voz ronca.

– Puede tirar su pasaporte -le recriminó con violencia-, sus días de diversión se han terminado.

– ¿Diver?… -aún no podía comprender lo que le decía.

– El cuerno de la abundancia se acaba de secar -fue lo único que le contestó.

Dejándola sin comprender, se dirigió hacia la puerta principal. Haciéndole sólo un leve ademán de cabeza a su padre, abandonó la casa:

Se quedó parada en el mismo lugar, observando cómo su padre metía las maletas. Sólo cuando vio cómo sus ojos evitaban encontrarse con los suyos, comprendió el significado de las palabras "cuerno de la abundancia" y "vergüenza". Se le acercó y, pasándole un brazo por los hombros, le preguntó.

– ¿Realmente… pagaste mi operación… con un seguro?

Quince minutos más tarde, después de haber entrado apoyándose el uno en el otro en la sala, Devon aún no podía creer lo que le había confesado su padre como respuesta a la pregunta que le había hecho.

No había la menor duda sobre el honor de su padre. Lo sabía bien ella, al igual que todos los demás. Su jefe también, estaba segura de ello, de lo contrario, ¿cómo le hubiera dado ese puesto de confianza?



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