
– Tendrás que saberlo, pequeña. De todas formas, lo habrías adivinado pronto, al ver que por la mañana no sacaba el coche para ir a la oficina. Fue Grant Harrington, más bien su compañía, quien te pagó la operación.
Devon no supo cuánto tiempo permaneció sentada allí, aturdida. En varias ocasiones abrió la boca para hablarle, pero la cerró de nuevo. No podía pensar en nada que no se oyera como una acusación.
Ella valoraba la honradez tanto como su padre, pero comprendía que cualquier cosa que él hubiera hecho no había sido para beneficio suyo. Claro que había culpa, pero en realidad no le correspondía a él, sino a ella. Sólo ahora comprendía su comportamiento. ¿Cómo no había aprendido a aceptar su destino?
– Oh, papá -le dijo con tono cariñoso, deseando, necesitando ayudarlo en estos momentos tan terribles para él. Había olvidado por completo la existencia de Harrington; en lo único que podía pensar era en su padre, en cómo debería estar sufriendo en ese instante su orgullo, su respeto de sí mismo-. ¿No… creías que se darían cuenca?
– Pensé… pensé que lo había hecho de forma muy inteligente. Sabía el riesgo que corría, pero…
– Pero pensaste que por mí valía la pena correrlo -terminó por él, haciendo todo lo posible para no llorar, para no hacerlo sentir peor.
– Pensé que tenía muy buena posibilidad de que el… -Devon se estremeció al ver el esfuerzo que le costaba a ese hombre de tantos principios decir la palabra-, robo no se descubriera.
Devon se sobresaltó.
– ¿Pero fue descubierto?
– Mucho antes de lo que imaginé -le contestó él.
Al escuchar sus palabras, recordó aquella primera vez que vio a Grant Harrington, la primera vez que había estado en su casa.
– ¿Confiabas en que yo hubiera salido del país antes de que lo descubrieran?
– Recibí la mayor sorpresa de mi vida cuando abrí la puerta aquella noche y vi a Grant Harrington parado allí -le confesó-. Durante un momento no supe qué pensar, más bien no pude hacerlo, pues de lo contrario nunca lo habría hecho pasar a la sala en donde tú estabas.
