
– El dinero es tuyo, no mío -le recordó él, añadiendo-: todo lo que quiero es verte feliz.
Se contuvo para no decirle lo que pensaba, que nada le daría mayor alegría que verla reunirse con otros jóvenes de su propia edad. Al no interesarle hacer amistades de su propia edad, prefiriendo que nadie viera lo que, a través de los años, se había vuelto para ella una horrible deformidad, Devon no tenía amigos.
– Voy a bajar las maletas -le dijo él, levantándose-. Así ahorraremos tiempo por la mañana; recuerda que tienes que salir temprano.
Le dedicó una de sus raras sonrisas, confiando en lo más profundo de su corazón en que mañana sería la última vez que saldría cojeando de esta casa.
Al verlo subir la escalera, pensó con tristeza que cualquier joven de veintiún años podría bajar sus propias maletas sin que su padre tuviera que hacerlo. No era que su padre fuera un anciano, si no todo lo contrario, se movía con agilidad, aunque en ocasiones le parecía que deliberadamente caminaba despacio cuando ella estaba cerca, para evitar el mareado contraste entre sus movimientos.
Ella había hecho todo lo posible para que no se diera cuenta de lo deprimida que se sentía a menudo, pues él también tenía cicatrices del accidente. No por haber resultado herido, sino porque había amado intensamente a su madre y él era quien conducía en ese momento. No tuvo la culpa del percance, pero sabía que se torturaba diciéndose una y otra vez "si" habría podido evitar el choque, cuando de repente y sin saber de dónde salió un conductor embriagado que chocó contra ellos.
Sin decirlo, habían acordado no hablar del accidente con nadie más. El dinero que recibieron de la compañía de seguros se acabó con rapidez en las cuentas de los especialistas y los tratamientos, por lo que tuvieron que cambiarse a una casa más pequeña. Para sus actuales vecinos, Devon caminaba así de nacimiento.
