La depresión que la había dominado comenzó a desaparecer, hasta que se dio cuenta de que ese cirujano sueco se encontraba totalmente fuera de sus alcances económicos.

– Me… me alegro por las demás personas que operó -le dijo, obligándose a sonreír.

– Alégrate por ti misma, Devon -le había dicho él-. A ti también te va operar, pequeña.

Se había sentido dominada por la felicidad y parte de ella misma deseó con ansiedad que él hiciera todos los sacrificios necesarios… pero cuando lo pensó con más calma, comprendió que no podía permitírselo.

– Ya te sacrificaste lo suficiente…

Él la había interrumpido, explicándole que no tendría que sacrificar nada. Le dijo que durante años había estado pagando las primas de una póliza de seguros dotal a su nombre, que vencería cuando ella cumpliera los veintiún años. Se había olvidado por completo del seguro hasta que recibió una carta de la compañía, recordándoselo.

– ¿Un seguro dotal? -le preguntó asombrada Devon-. ¿A mi nombre?

– Se pagaba anualmente con los intereses que producía, por lo que me había olvidado por completo de su existencia -le repitió, añadiendo después-: Les pregunté y el dinero alcanzará justo para que vayas a Suecia.

– ¿Sola?

– Si voy contigo sólo te podré visitar muy pocas veces. Te llevaré, por supuesto, al aeropuerto e iré a buscarte cuando regreses.

– ¡Oh… papa! -fue todo lo que pudo decirle.

El viaje no se realizó de inmediato, pues durante varios meses su médico, el doctor McAllen, intercambió cartas y envió placas de rayos X a Suecia.



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