Pensó que el desconocido tendría que ser alguien importante para que su padre hiciera pasar a ese hombre de unos treinta y cinco o treinta y seis años a la sala, sabiendo que ella se encontraba allí y que le disgustaba tener que enfrentarse a desconocidos.

– Él es… el señor Harrington -le dijo a Devon, presentándole al hombre de rostro serio. ¡Sí era muy importante si se trataba de Grant Harrington!-. Mi hija Devon -terminó de hacer las presentaciones.

Como el anciano señor Harrington había muerto varios años antes, ese hombre tenía que ser el dueño del imperio comercial multimillonario para el que trabajaba su padre.

Comprendió que sería una descortesía de su parte no levantarse y encontrarse con él a medio camino, por lo que hizo todo lo que pudo para sonreírle en la forma más amable, extendiéndole la mano y diciéndole.

– ¿Cómo está usted?

Él la miró con frialdad y no le estrechó la mano, como esperaba. Dejando caer la mano sobre el regazo miró de inmediato a su padre y comprendió que no era ella sola la que se sentía tensa. Se veía muy mal y pensó que, con toda seguridad, estaba lamentando el haberlo hecho pasar.

– ¿Puedo… brindarle algo de beber, Grant?

Él no le hizo caso a la oferta de un trago, de lo cual Devon se alegró pues no le parecía que fuera el tipo de hombre que le gustara el jerez y esa era la única bebida que tenían.

– Vi unas maletas en el vestíbulo… ¿cuál de ustedes se va de viaje? -quizá después de todo intentaba ser cortés, pensó ella, pero antes de que pudieran contestarle añadió con tono cortante-. ¿O se van los dos de viaje?

A pesar de todo, la pregunta no le pareció extraña pues su padre era el encargado de las finanzas de la empresa y podía representarle un problema que se fuera en un momento importante. Sin embargo, al ver que su padre permanecía silencioso, comprendió que, siendo demasiado sincero para mentirle a su jefe, estaba protegiéndola al no contestar. Comprendió que tendría que ser ella quien lo hiciera.



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