
—¿Quiere decir que esta vez, si no les hubiera pedido que lo encontraran…?
—Usted, o cualquier otro. —Hamming se encogió de hombros—. No sé cómo lo hacen ustedes los nubáqueos —desdén en la voz—, pero aquí en la Tierra un ciudadano libre puede morir de la maldita forma en que elija. Prepárese, voy a desconectar. Le entrará el mono.
Manx permaneció impotente junto al oficial de seguridad, que desconectó cuatro interruptores en rápida sucesión, y luego arrancó los electrodos pegados a la cabeza calva. No hubo ningún sonido procedente de la unidad de biorrealimentación, pero el hombre del sillón se estremeció, y de repente se enderezó. Miró salvajemente a su alrededor.
—Wolf. Behrooz Wolf —dijo Manx, urgentemente—. Debo hablar…
—Agárrele el otro brazo —ordenó Hamming—. Va a saltar. El hombre ya se había puesto en pie y miraba a su alrededor con ojos inyectados en sangre. Antes de que Leo Manx pudiera actuar, Behrooz Wolf giró para soltarse y se abalanzó proyectando hacia él sus manos huesudas y engarfiadas. El oficial de seguridad estaba preparado. Disparó al instante la inyección en el cuello de Wolf, y contempló tranquilamente cómo la espantosa figura se detenía en seco. Hamming agitó una mano delante de la cara de Wolf y asintió cuando sus ojos se movieron para seguirla.
—Muy bien. Sigue consciente. Pero no tiene voluntad, así que hará lo que le digamos. —Hamming se volvió para guardar los cables en el compacto aparato de biorrealimentación—. Será mejor que nos lo llevemos y lo echemos en su propio tanque de control de formas antes de que empiece a recobrarse.
Manx no podía apartar los ojos de aquel rostro atormentado e inmóvil. Behrooz Wolf aún contemplaba la holografía, sin interesarse en nada más.
—¿Cree que la unidad de control de formas funcionará? Tiene que quererlo. Parece querer morir.
—Tendremos que esperar a ver qué ocurre. Demonios, no se puede obligar a nadie a querer vivir.
