Lo sabrá dentro de unas cuantas horas. Coja la unidad de realimentación, ¿quiere? —Hamming cogió a Wolf por él brazo y lo llevó hacia la puerta—. Oops. No debemos olvidarla. Es lo primero que querrá si supera la operación de control de forma. —Se giró hacia la pared y señaló el poema—. Así es como se sentía Wolf. Y aquí —señaló el ombligo desnudo de la proyección de la mujer— está el motivo para ello.

Manx leyó el poema que aparecía bajo la imagen.

Mis pensamientos libran una mortal batalla; detesto mi vida, y con gritos de lamento, trayendo paz a mi alma, a menudo llama ese príncipe que aquí reina. Pero él, sonriente rey, que dispersa desprecio, y sorprende a lo mejor, tras haber sazonado su tumba con la rosa de la belleza desdeña cultivar una, semilla, y no vendrá.

—Sombríos pensamientos. ¿Qué significa?

—Que me aspen si lo sé. Wolf siempre fue aficionado a las cosas antiguas: poesía, teatro, historia, tonterías inútiles de ese estilo. Debió de pensar que el poema le cuadraba.

—Es terrible. Debe de haberla amado muchísimo para derrumbarse de esa forma al perderla.

—Sí. —Hamming había desconectado la unidad de proyección y se guardaba el cubo en el bolsillo. Se encogió de hombros—. Es extraño. La conocí, y no me pareció nada del otro mundo. Supongo que sería buena en la cama.

—¿Cuánto tiempo hace que murió?

—¿Morir? ¿Se refiere a Mary? —Hamming había agarrado de nuevo a Wolf por el brazo, y lo sacaba firmemente de la habitación. Soltó una carcajada fuerte y ronca—. ¿Quién ha hablado de morir! ¡Ella lo dejó! Se marchó a Nubeterra con uno de ustedes, un tipo que conoció en un crucero lunar. Yo la habría largado con viento fresco, pero él se lo tomó a mal. Vamos, llevemos a Wolf a su tanque. Ya he soportado suficiente mal olor por hoy.



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