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Un mensaje no es un mensaje hasta que las reglas para interpretarlo están en manos del receptor.
No se marchaban. No había nada que ver, nada que oír, nada que saborear, que tocar, que sentir. Nada.
Y sin embargo había voces, susurrando, instando, empujando, persuadiendo, ordenando.
Por ahí. Un murmullo generalizado. Por ahí es por donde vas.
—No. No quiero cambiar. —Se debatió, incapaz de moverse o hablar mientras trataba de identificar la fuente de los sonidos. La discusión se había desarrollado en su interior eternamente, y ahora la estaba perdiendo. Las voces le invadían, miera a miera.
Por ahí. Por ahí. Cambia. Ignoraban su deseo de descansar, empujándole, tirando de él, retorciéndolo, volviéndolo del revés. Podía sentirlas ahora en cada célula, más fuertes y más confiadas. Cambia. Un trillón de voces se fundieron. El fluir de la sangre a través de arterias atascadas, detergentes orgánicos lavando la piel seca y sin elasticidad, los músculos débiles y fláccidos, las viejas y cansadas fibras. Cambia. Hígado y bazo y riñones y testículos, balances iónicos en una montaña rusa, las temperaturas locales anormalmente altas o bajas. (Demasiado altas, demasiado bajas. Estaba muriendo.) Cambia. El delicado equilibrio de las glándulas endocrinas y la tiroides y las adrenales y el páncreas y la pituitaria. Todas perturbadas, la homeostasis perdida, buscando desesperadamente un nuevo equilibrio. Cambia. Cambia. CAMBIA.
Chilló, un grito silencioso. DEJADME EN PAZ. Los intrusos se desbocaron en cada célula. Estaba indefenso, jadeaba, se apagaba ante el asalto de un ejército químico.
CAMBIA. Por todo su cuerpo, fluctuaciones en potenciales termodinámicos, en promedios de reacción cinéticos, niveles hormonales, la energía acudiendo a folículos dormidos, atravesando viejos tejidos, redefiniendo funciones orgánicas, abriéndose paso por los capilares.
