Un fermento de renovación celular, hirviendo dentro de la piel cambiante. CAMBIA. Disolventes a través de viscosas venas y arterias, la salida de depósitos de placas, el giro de grasas y colesterol. CAMBIA. Hígado, bazo, riñones, próstata, corazón, pulmones, cerebro… CAMBIA. Fuego a través de los nervios, tejidos chasqueando erráticamente, espasmos de control motor, riadas de neurotransmisores, parpadeantes rayos de dolor, tormentas de sensación, señales volando de la red reticular al córtex cerebral, al hipotálamo, a los ganglios dorsales. Un choque de armas en la barrera del cerebro ensangrentado… CAMBIA, SINTETIZA, ACOMODA.

… Y entonces, de repente, todas las voces se fundieron en una sola voz. Y se debilitó, se apagó, bajó de volumen. Pudo oírla con claridad. Escuchó el murmullo de esa voz moribunda, y por fin la reconoció. La conocía. La conocía exactamente. Era el eco mecánico de su propia alma, susurrando órdenes finales a través del enlace informático. Su perfil físico, amplificado mil millones de veces, transformado por el equipo de biorrealimentación en un conjunto de instrucciones químicas y fisiológicas, adoptaba la forma de órdenes finales.

La marea bajaba. Los cambios se detuvieron. En ese momento, los sentidos regresaron. Oyó el oleaje de las bombas externas y sintió el barrido de los fluidos amnióticos mientras brotaban de su cuerpo desnudo. El tanque se ladeó y la parte delantera se abrió, exponiendo su piel al aire frío. Hubo un picoteo de catéteres retirados de la ingle y el cuello, y se aflojaron las correas de sujeción.

Sintió un creciente dolor en el pecho, una terrible necesidad de aire. Cuando el reflejo pertusivo se hizo cargo tosió violentamente, expulsó un fluido gelatinoso de los pulmones y absorbió aire lenta, agónicamente. Su frío ardor interior fue simultáneo a la súbita abertura total del tanque. Una cruda luz blanca le golpeó las retinas.



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