
— Imbécil — dijo Anka sin girarse.
Esta fue la primera palabra que le dirigió a Antón tras el juego de Guillermo Tell. En el rostro de Antón se dibujó una sonrisa de conejo.
— «And enterprises of great pitch and moment — recitó Antón —, with this regará their current turn away and loose the name of action» Y empresas de gran empuje y alcance, giran su curso con esta mirada y pierden el nombre de acción. Hamlet.
— ¡Hey! — gritó Pashka en aquel momento —. ¡Por aquí ha pasado un auto después de la tormenta! ¡Mirad cómo está aplastada la hierba! ¡Mirad…!
Tiene suerte ese Pashka, pensó Antón. Miró las huellas que había en la carretera, y vio la hierba aplastada y las franjas negras que habían dejado los neumáticos del coche al frenar ante un bache.
— ¡Oh! — exclamó Pashka —. Pasó por debajo de la señal.
Aquello era indudable, pero Antón protestó: — En absoluto. Venía de aquél lado.
Pashka lo miró asombrado.
— ¿Acaso estás ciego?
— Venía de aquel lado — insistió Antón —. Sigamos las huellas.
— Estás diciendo una tontería — dijo Pashka, irritado —. En primer lugar, ningún conductor consciente circula por una dirección prohibida. Y en segundo lugar, mira dónde está el bache y dónde la huella del frenazo. ¿De dónde venía entonces?
— ¡Y a mí qué me importan tus conductores conscientes! ¡Yo mismo soy inconsciente y paso debajo del «ladrillo»!
Pashka palideció.
— ¡Puedes marcharte por donde quieras! — dijo, tartamudeando un poco —. ¡Chiflado! ¡Te has atontado con el calor!
Antón se volvió y, mirando hacia adelante, pasó debajo de la señal. Tan sólo deseaba una cosa: que ante él apareciera algún puente volado que le impidiera pasar al otro lado.
¿Qué tengo que ver yo con los conscientes? pensó. Que se vayan donde quieran… ella y su Pashka. Luego recordó cómo Anka había cortado a Pashka cuando éste la llamó Anechka, y sintió un cierto alivio. Miró hacia atrás.
