
Vio en seguida a Pashka. Bon Saranchá, hecho un ovillo, seguía atentamente las huellas del auto misterioso. El disco oxidado se balanceaba lentamente sobre la carretera y, a través del agujero, se veía a veces el cielo azul. Anka estaba sentada en la cuneta, con los codos apoyados en las desnudas rodillas y el mentón sobre los puños cerrados.
Empezaba a oscurecer. Iban de regreso. Los muchachos remaban, y Anka llevaba el timón. Por encima del bosque, que parecía negro, se alzaba una luna roja. Las ranas croaban furiosamente.
— Todo estaba tan bien planeado — dijo Anka tristemente —. ¡Y vosotros dos…!
Los muchachos permanecieron callados. Luego, Pashka preguntó a media voz: — Toshka, ¿qué viste por aquella parte?
— Un puente volado — respondió Antón —, y el esqueleto de un fascista encadenado a una ametralladora. La ametralladora estaba completamente hundida en la tierra, era imposible moverla.
— Ya… — dijo Pashka —. Yo no tuve tanta suerte. Yo tuve que ayudar a un pobre tipo a reparar su auto.
I
Cuando Rumata dejó atrás la tumba de San Miki, séptima y última de aquella carretera, había anochecido ya por completo. El alabado caballo jamajareño que le dió Don Tameo como pago de lo que había perdido a las cartas resultó ser un auténtico penco. Sudaba, se rozó las patas, era lerdo, y trotaba tambaleándose. Rumata le apretaba los flancos con las rodillas, lo fustigaba entre las orejas con el guante, pero el animal no hacía más que mover tristemente la cabeza sin acelerar el paso. A lo largo de la carretera había unos arbustos que en la oscuridad parecían nubes de humo petrificadas. El zumbido de los mosquitos se hacía insoportable. En el turbio cielo, sobre su cabeza, titilaban unas deslucidas estrellas. De vez en cuando soplaba un vientecillo templado y fresco a la vez, como solía ocurrir cada otoño en aquel país marítimo, de días polvorientos y sofocantes y noches frescas.
