
Rumata se embozó mejor en su capa y soltó las bridas. No tenía por qué apresurarse.
Faltaba aún una hora para la medianoche, y el Bosque Hiposo se distinguía ya formando una negra franja dentada en el horizonte. A ambos lados de la carretera se extendían campos cultivados, entre los cuales centelleaban a la luz de las estrellas los malolientes pantanos y se destacaban las sombras de los túmulos y las podridas empalizadas del tiempo de la Invasión. Allá a lo lejos, a la izquierda, se veía un resplandor que aumentaba y disminuía a intervalos. Debía estar ardiendo alguna aldea, una de tantas Cadaverinos, Ahorcaperros o Atracabobos que por real decreto habían cambiado sus antiguos nombres por los de Villa — soñada, Buenaventura o Los Serafines. Aquel país, cubierto por la capa de sus nubes de mosquitos, desgarrado por sus barrancos, inundado por sus pantanos y azotado por la fiebre, la peste y los resfriados hediondos, se extendía cientos de kilómetros, desde las orillas del Estrecho hasta la saiva del Bosque Hiposo.
Tras una de las curvas de la carretera, una sombra surgió de entre los arbustos. El caballo se estremeció y enderezó las orejas. Rumata cogió las bridas, tiró como de costumbre de los encajes de su manga derecha y echó mano a la empuñadura de su espada. El hombre que había salido al camino se quitó el sombrero.
— Buenas noches, noble Don — dijo quedamente —. Os pido mil perdones.
— ¿Qué deseas? — preguntó Rumata, prestando oído. No existían emboscadas silenciosas. Los bandidos se descubren por el crujir de alguna cuerda; los Milicianos Grises, por no poder contener los eructos producidos por la mala cerveza; las partidas de los barones, por su fiero resuello y el entrechocar de sus armaduras; y los monjes cazadores de esclavos, por su ostentoso rascarse. Pero entre los arbustos reinaba el silencio. Por otra parte, aquel hombre no parecía ser un cebo ni tenía su aspecto: era un hombrecillo rechoncho, vestido con una humilde capa.
