
— Allí no hay nada — dijo Pashka.
Los muchachos seguían sentados en la barca, inclinados sobre la borda, mirando lo que había bajo el agua.
— Mira que lucio tan grande — exclamó Antón.
— ¿Con una aleta así? — preguntó Pashka.
Antón no respondió. Anka también miraba el agua, pero lo único que veía era su propia imagen reflejada.
— Si pudiéramos bañarnos — dijo Pashka, metiendo un brazo en el agua —. Pero está fría.
Antón pasó a la proa y desde allí saltó a la orilla. La barca cabeceó. Después sujetó la borda y esperó a ver lo que hacía Pashka. Este se levantó, se echó el remo al hombro y, contorsionándose de cintura para abajo, empezó a cantar:
Antón, sin decir palabra, dio un empujón a la barca.
— ¡Hey! — gritó Pashka, asiéndose a la borda.
— ¿Por qué fritos? — preguntó Anka.
— ¡Y yo qué sé! — respondió Pashka, mientras saltaban a la orilla —. Pero no suena mal, ¿verdad? ¡Cinco tiburones fritos!
Vararon la barca. Sus pies se hundían en la húmeda arena, que estaba llena de pinas y agujas secas de pino. La barca era pesada y resbaladiza, pero la arrastraron hasta sacarla completamente del agua. Después descansaron a su lado, respirando agitadamente por el esfuerzo.
— Me he aplastado un pie — dijo Pashka, arreglándose el pañuelo rojo que llevaba en la cabeza. Ponía gran empeño en que el nudo le cayese exactamente sobre la oreja derecha, como a los narigudos piratas irukanos —. Pero, ¡qué importa la vida! — añadió.
Anka se chupaba un dedo.
— ¿Te has clavado una astilla? — preguntó Antón.
