— No, me he hecho una desolladura. ¿Quién de vosotros es el que lleva esas uñas?

— Deja que lo vea.

Ella le mostró el dedo.

— Sí — dijo Antón —. ¡Vaya trauma! ¿Qué hacemos ahora?

— ¡Sobre el hommmmm… bro, y adelante por la orilla! — gritó Pashka.

— Entonces, ¿para qué hemos desembarcado? — preguntó Antón.

— Porque en barca hasta una gallina podría hacer este viaje — explicó Pashka —. Pero por la orilla hay precipicios, cañaverales, remolinos… Incluso Iotas y siluros.

— ¡Bancos de siluros fritos! — exclamó Antón.

— ¿Has buscado alguna vez en un remolino?

— Sí.

— Nunca te he visto hacerlo.

— Hay tantas cosas que nunca me has visto hacer.

Anka les dio la espalda, levantó su ballesta y disparó sobre un pino que había a unos veinte pasos. Saltaron esquirlas de corteza.

— Magnífico — exclamó Pashka, y disparó con su escopeta. Apuntó a la flecha de Anka, pero falló el tiro —. No contuve la respiración — dijo para disculparse.

— ¿Y si lo hubieras hecho? — preguntó Antón, mirando a Anka.

Esta tiró con fuerza de la palanca y tensó la cuerda de su ballesta. Tenía unos excelentes músculos. Antón observó cómo bajo su morena piel se desplazaba la dura bola de sus bíceps.

Anka apuntó y disparó de nuevo. La segunda flecha se clavó en el árbol un poco más abajo que la primera.

— Estamos haciendo mal — dijo de pronto Anka, bajando la ballesta.

— ¿El qué? — Estamos estropeando los árboles sin necesidad. Ayer un pequeño estaba tirándole flechas a un árbol, y le obligué a que las arrancara con los dientes.

— Pashka — dijo Antón —, ¿por qué no vas tú a arrancar las flechas? Tienes buenos dientes.

— No, tengo uno cariado — respondió Pashka.

— Bueno — dijo Anka —, hagamos algo.

— No tengo ganas de subir precipicios — dijo Antón.



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