
— Ni yo tampoco. Sigamos recto por aquí.
— ¿Hacia dónde? — preguntó Pashka.
— Hacia donde nos lleven los pies.
— Hacia la saiva entonces — dijo Pashka —. Toshka. vayamos al Camino Olvidado. ¿Lo recuerdas?
— Claro que lo recuerdo — dijo Antón.
— Sabes, Anechka… — comenzó a decir Pashka.
— ¡No me llames Anechka! — cortó Anka, que consideraba intolerable que la llamaran con otro diminutivo que no fuera Anka.
Antón aprendió bien la lección y se apresuró a decir: — El Camino Olvidado es una carretera por la que no pasa nadie. No figura en ningún plano de carreteras, y no sabemos adonde va.
— ¿Habéis estado ya allí?
— Sí. Pero no tuvimos tiempo de explorarla.
— Es un camino que no viene de ninguna parte ni va tampoco a ninguna parte — dijo Pashka, ya repuesto.
— ¡Estupendo! — exclamó Anka, cuyos ojos parecían en aquel momento dos rendijas negras —. Vamos allá. ¿Llegaremos antes del anochecer?
— ¡Mucho antes! A mediodía ya estaremos allí.
Escalaron el precipicio. Pashka se detuvo al llegar arriba y se volvió. Abajo se veía el lago azul, entreverado con las manchas amarillas de los bancos de arena, la barca varada en la playa, y unas grandes circunferencias que se ensanchaban por la oscura superficie del agua, cerca de la orilla, producidas sin duda por algún salto del lucio que habían visto antes. Pashka experimentó aquella indefinida alegría que sentía cada vez que se fugaba con Toshka del internado y tenía por delante todo un día de completa libertad, andando por lugares inexplorados, con fresas, solitarios y templados prados, lagartos grises y heladas aguas manando de inesperadas fuentes. Y, como siempre, quiso gritar y saltar, y así lo hizo, y vio como Antón lo miraba sonriente y cómo en sus ojos se adivinaba una absoluta identificación. Anka se metió dos dedos en la boca y lanzó una agudísimo silbido.
