El miércoles, sin embargo, al acercarse la hora de la cena, algo ocurrió que la hizo pensar que tal vez no fuera tan ridículo después de todo. Ella bajaba por la escalera cuando vio a su hermano David.

– ¿Qué tal? -preguntó mientras él la esperaba en la puerta del comedor. Sin embargo, la respuesta no llegó porque en ese momento, la grande y pesada puerta del estudio se abrió para dar paso a su padre, quien, con cara de pocos amigos, se acercó a ellos.

– ¿Pasa algo malo, papá? -preguntó David, temeroso.

– No lo sé -replicó Rolf Thorneloe-. Pero parece que voy a tener que aplazar mi cena -Ella y David lo miraron sin comprender-. Acabo de hablar con Patrick Edmonds. Él vendrá esta noche a hablar de algo muy delicado que en apariencia no puede esperar… -de improviso, David emitió un extraño sonido y Ella y su padre se volvieron hacia él.

– ¿Qué te pasa, David? -inquirió la chica consternada. ¡Su hermano estaba pálido como un cadáver!

– Yo… -balbuceó el joven, tratando de recobrar el control-. Viola, la hija del señor, Edmonds… -David hizo una pausa-. Está… embarazada.

– ¿Qué? -vociferó su padre furioso-. ¿La embarazaste tú?

David tragó saliva, intentando reunir todo el valor que podía para enfrentarse a su padre.

– Sí -respondió al fin, palideciendo aún más al escuchar a su padre.

– ¡Tendrá que abortar! -exclamó Rolf Thorneloe con firmeza.

– ¡Por supuesto que no! -replicó David, mostrando una fuerza de carácter que ni Ella ni su padre habían conocido.

Entonces tendrás que negar que tú eres el padre -le ordenó el señor Thorneloe.

– ¡No haré nada de eso! -exclamó David, furioso-. Viola es una muchacha decente y…

– ¡No lo parece!

– ¡Lo es!

– No estarás pensando en casarte con ella.



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