
– Lo haría si ella estuviera dispuesta -replicó David, levantando la voz-. ¡Pero no lo está!
– ¡Estás loco! -Rolf Thorneloe estaba lívido de rabia. En ese momento, Gwennie apareció en el comedor. Un vistazo a la escena la convenció de darse media vuelta y regresar por donde había entrado-. ¡Al estudio! -vociferó Rolf Thorneloe. Y ahí se dirigió con David. Ella también caminó hacia el estudio, pero su padre le cerró la puerta en la nariz, indicándole que su presencia no era requerida.
Si su hermano hubiera permanecido sumiso y temeroso como antes, Ella hubiera abierto la puerta para entrar a defenderlo. Pero al darse cuenta de que los gritos en el estudio eran de los dos hombres, decidió que David no necesitaría su ayuda. Él había demostrado poseer el carácter necesario cuando la situación lo ameritaba y cuando él se sentía afectado.
La joven se dio la media vuelta y, decidiendo que después de todo no tenía apetito, se encaminó por la escalera sin notar los cuadros de las mujeres de la familia Thorneloe que parecían mirarla ascender hasta el primer piso.
“Patrick Edmonds debe de estar furioso con su hija”, pensó Ella, haciendo una pausa para aspirar hondo al llegar al último escalón. “Pero a juzgar por los gritos que se escuchan en el estudio, no puede estar más molesto que mi padre”.
Entonces recordó situaciones en las que su padre había estado irritado por varias semanas y comprendió con tristeza que la vida en casa de la familia Thorneloe sería un infierno durante un largo tiempo. “Lo que necesito”, se dijo la chica, “es una excusa para irme”.
En ese preciso instante, se dio cuenta de los cuadros que había visto sin observarlos en realidad. Tal vez era una buena idea, después de todo…
Al llegar a la puerta de su habitación, ya se había empezado a formar en su mente un plan definitivo. Así que, dándose media vuelta, se dirigió al dormitorio de su madre. Una vez ahí, abrió el cajón de su escritorio y sacó todos los papeles concernientes al viaje de Sudamérica. Su padre podría pensar que el mundo giraba a su alrededor, lo cual era verdad hasta cierto punto, pero en tiempos de crisis, era Constance Thorneloe a quien todos acudían, incluyendo su esposo. Ella no permitiría que su padre la llamara y la hiciera volver a casa.
