Del dormitorio de su madre, la chica se dirigió a la biblioteca, donde localizó una guía turística de la Europa del este, la cual incluía precios de avión y hoteles. De regreso a su habitación, dio gracias al cielo de tener ahí una línea privada de teléfono.

Después de hablar a las oficinas de la línea aérea húngara y de haber reservado una habitación en un hotel para la noche siguiente, comenzó a hacer el equipaje. Con renuencia, sacó otra maleta para llevar el tradicional vestido de noche con que todas las jovencitas de la prestigiada familia Thorneloe debían posar para el retrato al óleo.

Sin embargo, en la mañana aún tenía que hacer algunas llamadas telefónicas y soportar el tormento del desayuno. Si cualquiera de los dos, su hermano o su padre, hubieran sido más comunicativos, tal vez Ella les hubiera informado sus planes. Pero ninguno de los miembros de la familia Thorneloe rompió el silencio.

“¡David!” Ella sintió el impulso de gritar al ver a su hermano partir, pero él debía de estar sumido en sus propios pensamientos, así que lo dejó ir y sé digirió sombría a hacer su reservación en la línea aérea para el mediodía. Ahora sólo tenía que llamar a Hatty y Mimi para decirles que aceptaba su ofrecimiento de ayudar en la tienda.

Aún no muy convencida de lo apropiado de su decisión, abordó el avión y se registró en el hotel al llegar a Budapest. “¿Será este, el menor de los males?”, se preguntó. Y al recordar el frío clima de Inglaterra, pensó que tal vez estaba bien… pero aún no deseaba posar para el cuadro.


– ¿Dónde? -preguntó su padre al recibir la llamada de Ella, poco antes de la cena.



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