
– Estoy en Hungría. Pensé que eso era lo que querías que hiciera -añadió la joven en caso de que lo hubiera olvidado.
– ¡Espero que le avises al señor Fazekas con mayor anticipación que a mí! -exclamó Rolf Thorneloe después de una breve pausa-. No me estás llamando de ahí, ¿verdad?-inquirió para después soltar la consabida letanía, cuando la chica le informó que se había hospedado en un hotel-. ¡Te dije muy claro que te hospedarías en su casa! Llámalo ahora mismo y discúlpate.
¿Disculparse? ¿Por qué razón?, se preguntó Ella.
– Sí papá -murmuró, no queriendo alargar la conversación.
– ¿Dónde diablos está hospedada tu madre? Tú debes de saberlo. Estoy cansado de buscar su itinerario y no lo encuentro por ningún lado.
– Hay mucha interferencia -contestó ella y colgó el auricular.
Poco tiempo después se decía a sí misma que había estado bien lo que hizo. Sin embargo, un leve sentimiento de culpa la invadió por haber tomado el itinerario de su madre, así como por el amor que sentía hacia su padre a pesar de ser el tirano que era. Eso le hizo sacar el papel con el número de teléfono del pintor y llamarlo de inmediato.
– Hola -saludó cuando una voz en extremo masculina, contestó algo en húngaro-. Deseo hablar con el señor Zoltán Fazekas, por favor -agregó ella en inglés, hablando despacio.
– Está usted hablando con él -le aseguró el hombre en perfecto inglés, con un leve acento extranjero.
– ¡Que bueno! -exclamó ella, hablando normal-. Mi nombre es Arabella Thorneloe. Estoy en Budapest… creo que me estaba usted esperando, ¿no es así? -el silencio que siguió la hizo dudar que Fazekas hablara bien el inglés después de todo. Mas, como él no contestaba ni en inglés ni en húngaro, Ella trató de decirle que se había hospedado en el hotel y al no recibir respuesta, intentó de nuevo con una pregunta-: ¿Se supone que debía alojarme en su casa?
– No te pasará nada donde estás -contestó él, dejándola con la boca abierta de sorpresa al colgar el auricular.
