
– ¿Zoltán Fazekas, el famoso pintor? -inquirió ella boquiabierta, esa era una razón más, para negarse a posar.
– El mismo -afirmó su padre-. Él está en Londres de viaje de negocios. Tuve suerte de conocerlo ahora, porque mañana regresará a su hogar en Hungría.
“¡Qué alivio!”, pensó Ella, sintiéndose más relajada. Por ningún motivo permitiría que un artista de la calidad de Zoltán Fazekas la pintara. De cualquier manera, ¿acaso no se dedicaba a pintar paisajes?
– Me tomé la libertad de pedirle que hiciera tu retrato -anunció su padre de improviso.
– ¿Qué? -exclamó Ella, sorprendida-. Pensé que no aceptaba esa clase de trabajos. ¿No se dedica a la pintura de paisajes o algo por el estilo?
– Es verdad que goza de suficiente prestigio como para pintar lo que le gusta -aseguró su padre-. Pero inició su carrera haciendo retratos, así que…
– ¿Lo ves? -Ella interrumpió-. No creo que acepte el trabajo. Aún no lo ha hecho, ¿verdad? -inquirió sin mucha convicción-. No es que me importe mucho; de cualquier manera, me niego a posar.
– No digas tonterías -la interrumpió él para decirle que Zoltán era un hombre muy ocupado. Entonces le ordenó que estuviera lista en caso de que el artista pudiera tener tiempo para pintar su retrato y con ello dio por terminado el asunto.
El resto de la cena continuó en silencio, lo cual no era nada raro. La joven no se explicaba cómo su madre podía soportar a su padre. Eso le parecía un misterio. Si ella fuera su esposa, lo habría estrangulado hace años, lo cual le recordó que su abnegada madre debía hacer su viaje a como diera lugar, pues era algo que deseó por mucho tiempo y no había excusa para que no pudiera hacerlo sola.
– ¿Crees que sería buena idea? -le preguntó Constance Thorneloe una vez que su esposo se retiró a su estudio a fumar su puro.
– ¿Te gustaría ir sola? -inquirió Ella.
