
Ese día, sintió la tensión que invadía la casa cuando su padre estaba presente. Era como si la calma que había imperado hasta entonces, pudiera explotar igual que una carga de dinamita en cualquier instante. Pero ella no sería quien encendiera la mecha.
A la hora de la cena, su madre tomó su acostumbrado lugar a la mesa, pero Ella pudo observar que parecía casi tan tensa como ella.
– ¿Tuviste un buen día en la oficina? -le preguntó a su padre, con una gran sonrisa.
– Excelente -contestó él tan complacido que ella pensó que había hecho una buena transacción en la bolsa… o que planeaba algo.
– ¿Quieres decir que tuviste un día… afortunado?
– Sí, muy especial, Arabella -afirmó él radiante-. Logré contactar por teléfono a Zoltán Fazekas y está de acuerdo en pintar tu retrato.
Ella lo miró azorada sin saber qué decir.
– ¿Lo está? -preguntó después de un rato. No sabía por qué se oponía tanto; era como si el hacerlo fuera una forma de luchar por sus derechos y los de su madre. Y tal vez, también por los de David.
– Como lo oyes. Aunque al principio se resistió -le informó Rolf.
– Bueno, si tuviste que persuadirlo… -comenzó a decir, sintiéndose indignada, aun cuando no tuviera la intención de permitir que el gran Zoltán Fazekas la pintara…
– Fui yo quien tuvo que buscar la manera de acoplarte a su horario.
Ella permaneció en silencio. Su padre no hablaba húngaro, así que el pintor debía de hablar inglés. Al menos lo suficiente como para darse a entender.
– ¿Y cuándo llegará aquí? -inquirió ella.
– Él no vendrá -contestó su padre-. ¡Tú irás a su estudio en Hungría!
