
– ¿Hungría? -preguntó Ella, casi atónita.
– Eso es lo que dije. Te alojarás en su casa hasta que el retrato esté terminado. De esa manera podrá plasmar mejor tu carácter en el cuadro.
– Pero… -Ella intentó protestar, mas la sorpresa no le permitía encontrar las palabras-. A su esposa no le agradará mucho tenerme como invitada.
– Zoltán Fazekas no es casado.
– Entonces es menos recomendable que me quede sola con él en su casa.
– No seas ridícula -replicó su padre, molesto-. Aparte de que habrá muchos sirvientes que te servirán de acompañantes, sé que siempre podremos confiar en tu buena educación y moral. Además, el señor Fazekas tiene cosas más importantes que tratar de seducirte.
– ¿Qué pasará -inquirió Ella, consciente que su actitud provocaría la ira de su padre-, si decido no hacerlo?
– Es muy simple -contestó él, furioso, aunque sin levantar la voz-. O haces lo que te ordeno, o cancelo tu cuenta de banco.
– ¡Entonces conseguiré un empleo! -replicó Ella, consciente de que sólo incrementaría la furia de su padre. David, sentado a la mesa frente a ella, reflejaba en el rostro su deseo de estar en otra parte, a muchos kilómetros de distancia.
– Me parece que ya sabes, Arabella -dijo Rolf Thorneloe con voz grave-, que ni tu madre ni yo permitiremos tal cosa.
La chica se volvió a mirar a su madre y se percató de la alarma y preocupación en sus ojos. Ella podía enfrentarse a su padre, pero no a costa de su madre, De alguna manera, ésta siempre terminaba sufriendo por sus enfrentamientos.
Entonces la joven decidió no luchar más. El que su padre cancelara su cuenta bancaria no le importaba en lo más mínimo, pero el viaje de su madre a Sudamérica estaba de por medio.
– ¿No sería posible -balbuceó, resistiéndose hasta el último momento-, mandarle una foto mía? Tal vez podría usarla para pintar…
– ¡Ya le mandé tu foto! -interrumpió su padre-. Irás a Budapest y es mi última palabra.
