
– Sí. Pues verá…
Y se sacudía de encima las preguntas de Noreen como lo que eran, mosquitos sedientos y molestos.
Había estado preparando a sus alumnos de Historia de la Arquitectura Británica para la excursión a Abinger Manor desde el primer día de clase. Abinger Manor, en lo más profundo del paisaje de Buckinghamshire, era un buen ejemplo de la mayoría de los estilos arquitectónicos conocidos en Gran Bretaña y a la vez el depósito de toda clase de objetos, desde piezas de plata rococó de incalculable valor hasta pinturas de maestros ingleses, flamencos e italianos. Victoria había mostrado a sus alumnos numerosas diapositivas de techos abovedados, fronlones rotos, capiteles dorados, pilastras de mármol, canalones de piedra llenos de ornamentos y cornisas dentadas, y cuando los estudiantes creyeron que tenían ya la cabeza llena de detalles arquitectónicos, continuó con diapositivas de piezas de porcelana y plata, esculturas, tapices y mobiliario en abundancia. Esta casa, les explicó, era la joya de la corona del patrimonio inglés. Aquella majestuosa casa solariega se podía visitar desde hacía muy poco tiempo, y las personas que no tenían la suerte de haberse matriculado en el curso de verano sobre Historia de la Arquitectura Británica en la Universidad de Cambridge debían esperar doce meses como mínimo para verla. Y eso sólo en el supuesto de que la persona con interés en la visita se pasara varios días intentando comunicar por teléfono para hacer la reserva.
