
Fue el propio Howard quien rompió el silencio al decir poco después:
– ¿Bette Midler? Nada de eso. Sólo me gusta Bette Midler cuando llevo zapatos de tacón alto y medias de rejilla, Noreen. Y no puedo meterme en la ducha con ellos puestos. Ya sabes, el agua estropea el charol.
Polly soltó una risita, Emily sonrió y Cleve se quedó mirando a Howard sus buenos diez segundos antes de soltar una carcajada de admiración semejante a un bramido.
– Hombre, me gustaría verte con zapatos de tacón y medias de rejilla -le dijo.
– Todo a su debido tiempo -repuso Howard-. Antes tengo que tomarme el desayuno.
Así que ya ven, Noreen Tucker también habría sido una buena candidata para que la asesinaran. Le gustaba revolver la olla para descubrir qué cosas se habían quedado pegadas al fondo, y cuando ya lo tenía todo bien revuelto le agradaba el modo en que aquellas cosas amargaban el estofado. Pero lo hacía sin ser consciente de ello. Sus intenciones eran bastante simples, fueran cuales fuesen las consecuencias. Si la conversación versaba sobre algún tema que hubiera escogido ella, orquestaba el curso de la misma y así se mantenía a la cabeza de la clase. Estar a la cabeza de la clase significaba tener todas las miradas clavadas en ella. Y tener todas las miradas fijas en ella en Cambridge aliviaba el escozor de no tener a nadie que se fijase en ella en ninguna otra parte.
El problema era Victoria Wilder-Scott, la profesora, una mujer medio chiflada a la que le encantaba llevar faldas de color caqui y camisas de madras, y que habitual e inconscientemente se sentaba en clase durante los debates de tal manera que siempre les enseñaba las bragas a los caballeros presentes. Victoria estaba allí para llenarles la cabeza de algunas minucias de arquitectura británica.
