
– Nada de esas tonterías de hacer reservas por Internet -les aseguró Victoria Wilder-Scott-. En Abinger Manor hacen las cosas a la antigua usanza.
Que, como puede suponerse, era la manera más apropiada de hacerlas.
Podrían ver aquel monumento a los tiempos pasados, por no decir a las propiedades, al cabo de unas horas, después de un viaje relativamente largo a través de la campiña.
Tenían que reunirse aquella mañana después del desayuno en la Queen's Gate, que daba a Garrett Hostel Lañe, al final de la cual les esperaría el minibús. Fue allí, mientras los alumnos recogían las bolsas con el almuerzo y husmeaban en ellas con las habituales quejas sobre la comida de las residencias, donde por fin se les unieron un alicaído Sam Cleary y una Frances con cara de ser muy desgraciada.
Si la ropa ponía de manifiesto el resultado de la discordia que había tenido lugar aquella madrugada, era evidente que Sam había resultado ganador, pues iba tan atildado como siempre; lucía una chaqueta deportiva de buen corte y una pajarita a juego con los tonos verde bosque de los pantalones de tweed. Frances, por el contrario, era la sosería personificada; llevaba una túnica que le iba demasiado grande y unos pantalones a juego también demasiado grandes. Parecía una refugiada de la Revolución Cultural.
Polly estaba ansiosa por remediar cualquier problema que hubiera podido causar entre el profesor y su esposa. Al fin y al cabo, era casi cincuenta años más joven que Sam, y por si eso fuera poco tenía un novio en Chicago, la ciudad donde vivía. Aunque había disfrutado con las atenciones que aquel hombre mayor (verdaderamente mayor, diría ella) le había dispensado en el pub del college varias noches seguidas, ello no significaba que hubiese considerado ni siquiera por un momento la idea de avivar el interés de Sam a fin de que aquello pudiera convertirse en algo más.
