
Polly les dio los buenos días a los Cleary con voz alegre y luego los enfocó con la cámara. Le había puesto un enorme teleobjetivo para la excursión, cosa que le venía muy bien para lo que se proponía en aquel momento. Podía tomar la fotografía que deseaba de Sam y de su esposa manteniéndose a cierta distancia de ellos.
– Quedaos ahí, donde termina la hierba -les pidió-. El color entona de maravilla con tu cabello, Frances.
Ésta tenía el pelo gris. No de ese asombroso color blanco con el que son bendecidas algunas mujeres, sino de color gris barco de guerra. Y además tenía mucho, lo cual era una suerte, pero lo apagado del color le proporcionaba a la mujer un aire adusto hasta en sus mejores momentos. Y como aquél no era precisamente uno de sus mejores momentos, tenía aún peor aspecto.
– Es asombroso lo que le puede hacer a una la falta de sueño, ¿verdad? -murmuró Noreen Tucker con toda intención cuando los Cleary se reunieron con el resto de los estudiantes después de posar de buen grado, por lo menos por lo que a Sam respecta, para la fotografía de Polly-. Ralph, no te habrás olvidado los frutos secos y los chicles, ¿verdad, cariño? No es conveniente que padezcas una crisis esta mañana en los sagrados salones de Abinger Manor.
La respuesta de Ralph fue un movimiento del pulgar hacia abajo, en dirección a la cintura. Aquello tenía fácil interpretación: la bolsa de plástico en la que guardaba la mezcla de frutos secos le asomaba por la chaqueta de safari como la cola de un bebé marsupial.
