
– Si notas que te empiezan los temblores, te tomas un puñado inmediatamente -le recordó Noreen-. No esperes a que nadie te dé permiso, ¿me oyes, Ralph?
– Sí, lo haré, no te preocupes.
Ralph se acercó a las bolsas que contenían el almuerzo, situadas junto a Queen's Gate, y se agachó resoplando para coger dos de la cesta de mimbre.
– Ese tipo tendrá mucha suerte si consigue llegar a los sesenta -le comentó Cleve Houghton a Howard Breen-. ¿Y tú qué haces para mantenerte en forma?
– Me ducho sólo con amigos -repuso Howard.
En aquel momento se reunió a ellos Victoria Wilder-Scott, que se había acercado a toda prisa vestida con su ropa de siempre, las gafas en lo alto de la cabeza y una carpeta de tres anillas apretada contra el huesudo pecho. Miró a sus alumnos con los ojos entornados y se quedó perpleja al verlos desenfocados. Instantes después cayó en la cuenta de a qué era debido.
– ¡Uy, las gafas! -exclamó-. Bueno, ya está arreglado. -Y se las bajó hasta la nariz mientras continuaba hablando en tono jovial-. Confío en que habrán leído los folletos, ¿verdad? Y el segundo capítulo de Grandes casas de las Islas Británicas. ¿Tenemos todos bien claro lo que vamos a ver en Abinger Manor? Esa maravillosa colección de Meissen que hay en el libro de texto. La mejor de Inglaterra. Las pinturas de Gainsborough, Le Brun, Turner, Constable y Reynolds. Una pieza preciosa de Whistler. Varios Holbein. La plata rococó. Algunos muebles extraordinarios. Las esculturas italianas. Toda esa maravillosa ropa de época. Los jardines son fantásticos, por cierto; rivalizan con Sissinghurst. Y el parque… bueno, no tendremos tiempo de verlo todo, pero haremos lo que podamos. ¿Han traído los cuadernos? ¿Y las cámaras fotográficas?
– Polly ha traído la suya -apuntó Noreen-. Creo que con eso las demás sobran.
Victoria parpadeó mirando en la dirección en la que se encontraba la cronista de la clase.
