
– Sí, bueno, es verdad -convino Victoria dirigiéndole a Polly una gran sonrisa-. ¿Ya ha inmortalizado usted nuestra inminente partida?
– Poneos todos junto a la puerta, amigos -les pidió Polly a modo de respuesta-. Vamos a hacer una foto de grupo antes de emprender viaje.
– Póngase usted con los demás -le indicó Victoria-. Yo haré la foto.
– No, con esta cámara no -protestó Polly-. Tiene un medidor de luz tan complicado que hace falta ser Einstein para manejarlo. Nadie lo entiende. Era de mi abuelo.
– ¿Entonces tu abuelo aún vive? -Le preguntó Noreen con malicia-. Pues debe de tener… ¿qué edad tiene tu abuelo, Polly? Debe de ser viejísimo. ¿Setenta quizás?
– No te equivocas mucho -contestó Polly-. Tiene setenta y dos.
– Un auténtico carcamal.
– Sí, pero es un viejales que está hecho un roble, y además se le ve lleno de…
Polly se interrumpió. Miró a Sam, luego a Frances y luego a Noreen, quien preguntó en tono agradable:
– ¿Lleno de qué?
– Pues sin duda lleno de ingenio y de sabiduría -intervino Emily Guy.
Igual que Victoria Wilder-Scott, admiraba la energía y el entusiasmo de Polly y envidiaba, sin que ese sentimiento la consumiera, que la vida se estuviese abriendo ante aquella mujer y no cerrándose, como le ocurría a ella. Emily Guy había ido a Cambridge para olvidar una desgraciada relación con un hombre casado que había ocupado los siete últimos años de su vida, así que cualquier indicio de que una mujer tuviese propensión, a meterse sin remedio en un triángulo amoroso la afectaba en gran manera.
