
Cuando el autocar dobló la última curva de la carretera y los miembros de la clase de Historia de la Arquitectura Británica vislumbraron por primera vez la mansión de Abinger Manor, un murmullo de admiración se elevó entre los alumnos fuera lo que fuese lo que en aquel momento les pasaba por la cabeza. Victoria Wilder-Scott se volvió en el asiento encantada al advertir aquella reacción.
– Se lo había prometido, ¿no? -les recordó-. Este lugar no decepciona jamás.
Al otro lado del foso, tachonado de lechos de lirios, se alzaban, a ambos lados de la entrada principal del edificio, dos torres con almenas. Tenían una altura de cinco plantas y encima de las mismas unas chimeneas altas e increíblemente decoradas coronaban los tejados a dos aguas, muy inclinados. Las ventanas salientes, un añadido posterior a la casa, sobresalían por encima del foso y proporcionaban a los moradores de la misma una vista del extenso jardín. Éste estaba bordeado por un lado con un alto seto de tejo y por el otro con una pared de ladrillo junto a la cual se hallaba un arriate de plantas perennes: lavanda, áster y claveles. La clase de Historia de la Arquitectura Británica disponía de un cuarto de hora para recorrerlo a su antojo antes de comenzar la visita programada, y hacia allí se dirigieron todos en grupo.
No eran los únicos visitantes de la casa solariega aquella mañana. Un gran autocar turístico llegó a los alrededores de la mansión inmediatamente detrás de ellos, y de él bajó un grupo numeroso de turistas alemanes que inmediatamente se unieron a Polly Simpson en la tarea de sacar fotografías de la fachada de la mansión. Dos familias llegaron a la vez en sendos Range Rover y de inmediato emprendieron camino hacia el laberinto, en el que se perdieron y empezaron a llamarse a gritos para ayudarse a encontrar el camino. Y un Bentley plateado se unió a los demás vehículos momentos después, rodando casi sin hacer ruido hasta detenerse.
